Se ofreció en “el Chateau” y sin que sus miembros supieran que eso era todo. Reconstrucción detallada.
El último show que dio Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, instituidos en el lenguaje coloquial como Los Redondos, fue en el por entonces Chateau Carreras (hoy Mario Alberto Kempes), el sábado 4 de agosto de 2001.
El próximo martes 4 de agosto de 2026, entonces, se cumplirá el 25° aniversario de esa presentación, con la efeméride agigantada por la ausencia de Carlos “Indio” Solari, cantante, líder y portavoz de esa banda fallecido hace casi dos meses.
Aquel fue el último acto de un proyecto que comenzó como un happening contracultural y que luego despuntó como un grupo de rock que catalizó como nadie nuestro devenir sociocultural de las últimas décadas.
Algo de eso le había dicho a La Voz Mariano del Mazo, autor de la biografía Fuimos Reyes: “Es estremecedor ver cómo en el ’85 cantaban ‘a brillar mi amor’ con una línea guitarrística muy luminosa; en los ’90, el lujo es vulgaridad; y ya con la Alianza cayéndose, ‘no da más la murga de los renegados’”.
“La opresión y la fobia de los últimos dos discos (Último bondi a Finisterre, 1998; Momo sampler, 2000) eran las que sentíamos todos. El país era una locomotora que se estrolaba… Y se estroló”, añadió el periodista y escritor.
El desasosiego general convirtió en mítico a aquel concierto, por más que al momento de ofrecerlo nadie sabía que sería el último. Ni artistas ni público.
En ese entonces, todo estaba enrarecido y deshilachado, pero Los Redondos habían programado una despedida de año en Santa Fe, que debió suspenderse tanto por el contexto irrespirable como por un desencuentro repentino entre los líderes. Indio Solari por un lado, Skay y Poli por el otro.
El histórico concierto fue durante años el más convocante en la historia del espectáculo cordobés, con una asistencia cercana a las 50 mil personas (años después, el show de Soda Stereo Me verás volver empardó esa marca).
La trastienda en la previa
Carmen “Poli” Castro, mánager de Los Redondos, tuvo que negociar con Germán Kammerath, un liberal que llegó a ser intendente por la vía del peronismo cordobés.
Argumentando que “todos los conjuntos musicales que cumplan con las normas tienen derecho a encontrarse con su público”, el 24 de mayo de 2001, Kammerath autorizó la realización del recital de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota para el 14 de julio, fecha que luego tuvo que correrse por cuestiones de agenda deportiva.
Ese respaldo no era algo fácil de conseguir, por cuanto la banda estaba prácticamente proscripta luego del accidentado doblete en River (15 y 16 de abril de 2000), para el que había firmado contrato eventual con la multinacional (Rock & Pop). En otras palabras, para el que había corrido los límites de autogestión.
Acaso para congraciarse con el electorado “joven”, Kammerath jugó sus fichas y ganó. Y de su determinación queda el recuerdo de una reunión seguida de conferencia de prensa en el Palacio 6 de Julio, en las que Poli le obsequió copias en CD de los álbumes Gulp (1985) y Oktubre (1986).
En aquel intercambio con la prensa, el intendente respondió a las reiteradas preguntas sobre los hipotéticos problemas de seguridad así: “Córdoba tiene una Policía democrática que velará para que la alegría y el entretenimiento de la población no afecten los derechos de terceros”.
Y reveló que ya se había contactado con el por entonces secretario de Seguridad de la Provincia, Aldo Abril, para poner en marcha las medidas que fueran necesarias. “Nos parece de gente adulta y madura crear las condiciones para que esto se haga de la mejor manera”, remató.
En una reciente entrevista con La Voz en Vivo, Kammerath detalló los pormenores de una organización que enfrentó fuertes resistencias.
“Nadie quería recibirlos para que tocaran”, reforzó sobre la tensión que rodeaba a Los Redondos.
El exintendente reveló que su primer contacto directo con el mundo ricotero fue a través de Poli. “Me solicitó una reunión y me vino a visitar a la Municipalidad”, contó Kammerath, quien a pesar de no tener una perspectiva profunda sobre la importancia de la banda en ese momento, destacó la profesionalidad de la histórica mánager de la banda.
“Averigüé un poco, pero sabía que era una persona muy profesional”, dijo como para remarcar que esa impresión fue clave para avanzar con el anhelo de todos: que Los Redondos toquen en vivo.
En el encuentro, se discutieron las condiciones de seguridad y la logística necesaria para un evento de tal magnitud. El exfuncionario enfatizó que la decisión se tomó priorizando la libertad cultural y la responsabilidad de los productores en la prevención de incidentes.
Uno de los puntos más polémicos de la organización fue la seguridad interna del estadio. Por el lado del grupo se planteó que, por una “cuestión cultural”, no era conveniente la presencia policial dentro del recinto, algo poco usual para la época. Ante este pedido, para mantener el orden interno se decidió utilizar el área de Protección Ciudadana, a cargo de bomberos voluntarios.
Esta medida no significó la ausencia de la fuerza pública, ya que la policía mantuvo su rol en las inmediaciones del estadio.
La realización del show no estuvo exenta de presiones externas. Kammerath recordó haber recibido una visita inesperada del Concejo de Pastores Evangélicos, que manifestó su preocupación por el apoyo municipal al evento ricotero. Ante este reclamo, el exintendente mantuvo su postura de habilitar el espectáculo siempre que se cumplieran las normas. “A ese Concejo le dije que no era apoyo sino una habilitación. Y le enfaticé que la libertad cultural en Córdoba no debería ser limitada”, cerró.

“El tipo (por Germán Kammerath) se brindó. Conmigo fue muy abierto y sin temores. No sintió la presión del entorno, mal predispuesto con nosotros. Me dijo ‘si no lo hago, me irá mal; y si lo hago, también’”, le contó Poli a La Voz hace unos años, en una entrevista en la que también dijo que se “había olvidado de todo”.
“Es como un alzhéimer deseado, voluntario y planificado”, añadió Poli en 2016, al cumplirse el 15° aniversario de recital.
Y hace unos años, de cara al 20°, atendió el llamado de este diario y no sólo repite el concepto sino que va más allá: “No me acordaba (de la efeméride). Cuando las cosas terminan, terminan. Nunca tuve pasado, en el sentido de lamentarme por cosas o de extrañar a alguien”.
“Al día de hoy recuerdo a quienes vivieron con nosotros (con ella y Skay) en comunidad –añade–. Con ellos tengo un recuerdo… Porque en la comunidad hicimos como un clic en la cabeza”.
“Vivimos tres años juntos, se hizo una cosa granítica, hasta que fue necesario separarnos. No nos peleamos, tuvimos que hacerlo porque no podíamos compartir nada con nadie por nuestra propia simbiosis. Pensábamos lo mismo al mismo tiempo y había que vivir hacia afuera. Y así uno se fue al ERP, otro se hizo cabalista y otro más terminó fabricando reactores nucleares en Estados Unidos”, redondeó.
Poli dijo que no podía trazar un paralelismo entre la simbiosis asfixiante de la vida en comunidad y el desgaste que produce para una banda de rock tocar muy de vez en cuando, con la presión de armar grandes puestas en condiciones adversas. “Hubo desgaste o necesidades diferentes. La diferencia es que con nuestros compañeros de comunidad nos vemos cada tanto”, sostuvo.
Claudio Cuartero, hijo de Poli y encargado de varios frentes en aquella jornada, sí tuvo claro cómo venía la mano previa. “En realidad, el grupo había entrado en una situación bastante difícil en ese tiempo, de mucha vorágine”, señaló al ser consultado por La Voz.
“Recordá que había muchísimos hechos violentos en los shows, que eran muy difíciles de manejar y de entender. ¿Cómo te ibas a imaginar que un pibe se iba a tirar del techo en Mar del Plata, tras colgarse en la parrilla de luces? ¿A quién se le podía ocurrir? Recién se empezaban a entender los efectos nocivos de un devenir social jodido”, complementó.
“Además, este no era un estallido de una sola persona, sino de un grupo cada vez más numeroso e incontrolable. Era bastante difícil. En un momento fue importante pensar qué se quería para el futuro. Veo aquellos años como algo bastante parecido a estos de pandemia. Es importante parar para ver qué hacemos y cómo”, concluyó el también líder de La Saga de Sayweke.
Además de convocatoria récord, 2.500 adicionales fuera del estadio, público desbordante y un espectador fallecido luego de caerse al vacío a la playa de estacionamiento interna, el show de Los Redondos en el por entonces estadio Olímpico Córdoba (también conocido como Chateau Carreras o simplemente «El Cható») tuvo una atmósfera sombría acorde con el espíritu de Momo sampler.
Momo sampler, ese disco que lleva consigo el “no da más la murga de los renegados”, apuntado arriba por Mariano del Mazo.
Rocambole, el artista visual que notó el quiebre
“En Córdoba noté que el clima no era tan festivo como en otras ocasiones”, aseguró Rocambole, el artista plástico que acompañó a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota desde su grado cero.
“Algo había… la presencia de una oscuridad futura”, agregó, también en diálogo con este medio.
Sobre la especificidad de su trabajo para ese show, Rocambole dijo que cristalizó años de trabajo de un estudio de animación creado con alumnos de la Facultad de Arte de La Plata.
“Las proyecciones reemplazaron a las puestas teatrales que hacíamos antes. El show comenzó con una en las pantallas laterales, que consistió en una especie de jeringa gigante que se desplazaba y se clavaba en el ojo de un cíclope. Y de ese ojo salía una especie de fluido verde”, reconstruyó el artista, quien tuvo que dirigir todo desde las tribunas.
“En el recital estuve en la platea más alta tratando de sincronizar esas proyecciones con un walkie talkie, porque quienes las disparaban estaban detrás del escenario en un móvil”, precisó.
El show comenzó al atardecer de ese sábado agitado, que tuvo a la ciudad en general y a los alrededores en particular desbordados por una marea humana ansiosa por otro acto más de Los Redondos en un estadio, la escala más segura y cómoda que el grupo tenía para ofrecer a un soberano incontrolable.
Y se lo recuerda como alucinante, con una puesta fastuosa. La lista de temas atendió la demanda popular en cuanto himnos como así también al capricho propio de transitar un disco sombrío, que radicalizaba la impronta electrónica mostrada en el precedente Último bondi a Finisterre (1998).
También concurren a la memoria las palabras de Solari, que revelaron un humor variable: “Quisiera agradecer al doctor Guillermo, quien, Decadrón mediante, permitió que estuviera aquí”, al comienzo del show; o “¿Qué te creés, boludo? No somos Los Violadores. Vení al camarín a tirarme cosas”, cuando alguien revoleó una Topper al escenario.
Claro que nadie imaginaba que ese era el final del viaje, la última parada de un bólido que empezaba a manifestarse decidido contra la expectativa popular y entraba en perpetua fase experimental.
Visto desde estos días, con la distancia entre los líderes sólo atenuada por un emoji en una red social, el Chateau de Los Redondos se percibe efectivamente como una retirada. Y no precisamente con la resonancia festiva que tiene en la murga uruguaya, inspiradora del concepto Momo sampler.
Sobre si le energía demandada por la presentación del 4 de agosto de 2001 fue un tobogán hacia la separación, Indio le dijo a La Voz en 2008: “Las razones fueron otras y me las guardo para mí. Un tiempo antes del momento en que decidimos no seguir habíamos estado en un bar bebiendo unas copas. No fue tan traumático”.
–¿Y fue traumático que te tuvieran que inyectar antes de aquel Chateau?
–Ahora estoy sin dormir desde las 3 de las mañana. Es que tengo dolores óseos por algunas aventuras juveniles. Algunos excesos de héroe dejaron secuelas. Me fastidia salir tan hinchado en la foto, pero no tengo más remedio que tomar corticoides una semana antes de los shows. Con los ensayos previos, empieza a haber molestias. Las dos horas que estás en el escenario, a no ser que esté muy bravo, todo se olvida. Eso sí, cuando llegás al hotel, clamás por una ambulancia.
Hace unos meses, el bajista Semilla Bucciarelli visitó La Voz para relevar las notas de archivo del diario relacionadas con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Y por supuesto, por impacto y relevancia histórica, prevalecieron las previas y la crónica sobre el show que estamos relevando.
Luego de reírse al leer un informe que decía “volverán el año que viene” (“¡¡¡No volvimos nunca más!!!”, exclamó), el también artista plástico reveló que el del Chateau fue uno de los shows más tranquilos y disfrutables de los que recuerde junto a Los Redondos, aunque claramente enlutado por la muerte del espectador ya apuntada.
“No era sólo un show. Formábamos parte de la vida de la gente. Hay un montón de gente que se conoció en nuestro show, que tuvo a sus hijos a los que llamó Patricio. Me han traído un montón de niños para que les firmara la remerita y todos se llamaban Patricio”, aseguró.
Por otro lado, Semilla señaló que, en shows como el de la despedida que no se sabía que era tal, tenían que ensayar mucho: “Porque en lugares como estos, en los primeros tres temas no llegábamos a escuchar nada. A Skay lo tenía como a 15 metros y la gente gritaba tanto que teníamos que tocar de memoria. Por esa tensión me agarraban los ataques de pánico”.
Córdoba, en el mapa ricotero
El show del 4 de abril de 2001 fue el segundo que Los Redondos ofrecieron en Córdoba capital. El primero tuvo lugar en la Asociación Española (hoy Polideportivo General Paz), en diciembre de 1987. Las otras presentaciones en esta provincia tuvieron lugar en Villa María.
En esa ciudad, cabeza del departamento General San Martín, la banda tocó el sábado 26 de septiembre de 1992 en la desaparecida Disco Flop; el sábado 14 de junio de 1997 en el Anfiteatro Municipal Centenario; y el sábado 23 de mayo de 1998 en el mismo espacio. Los dos últimos respaldaron el lanzamiento del disco Luzbelito (1996).
Fuente: La voz
